Este artículo hace parte de una serie sobre medicina proactiva, wearables y uso de la IA en salud.
La última pedaleada
Era viernes, 21 de marzo de 2025. Pasadas las siete de la tarde, un hombre de 76 años se subió a su bicicleta fija, en su casa de California. Nada sorprendente, tenía más de 500 sesiones. Treinta minutos de alta intensidad, como tantas otras veces.
Terminó a las 19:46. Tres minutos después, el reloj inteligente que llevaba en la muñeca registró algo distinto: una caída súbita en la frecuencia cardíaca.
Su esposa, médica, escuchó un golpe desde la habitación de al lado. Lo encontró inconsciente y sin pulso. Empezó la reanimación de inmediato y, sin dejar de comprimir el pecho, usó el mismo reloj de su marido para llamar a emergencias.
La ambulancia llegó a las 20:04. El desfibrilador confirmó lo que ella sospechaba: el corazón no latía, temblaba. Fibrilación ventricular. Durante 39 minutos, los paramédicos lo intentaron todo, con varias descargas eléctricas. A las 20:43 lo declararon muerto.
Hasta acá, una tragedia lamentable. Lo que vuelve esta historia extraordinaria es lo que vino después.
Lo que los datos sabían
Un equipo de la Universidad de Stanford, con permiso de la familia, reunió todo lo que ese hombre había dejado registrado: siete años de historia clínica, cinco años de datos de su reloj inteligente, dos años de un anillo que medía su sueño y cada uno de sus 530 entrenamientos. El estudio se publicó en 2026 en JACC: Case Reports, una revista del Colegio Americano de Cardiología.
Lo que encontraron fue inquietante. Entre cuatro y seis meses antes de su muerte, su cuerpo había cambiado de golpe, y sus dispositivos lo habían registrado:
- La variabilidad de su frecuencia cardíaca, un indicador de cómo el sistema nervioso regula el corazón, cayó a la mitad.
- Su pulso en reposo subió de 44 a 49 latidos por minuto. Y de noche también.
- Su sueño profundo se redujo de 39 a 18 minutos por noche.
- La distancia que podía caminar en seis minutos bajó 50 metros.
Ninguno de esos números, por separado, habría encendido una alarma. La clave no estaba en un valor anormal, sino en algo más sutil: muchas señales distintas, medidas por dos aparatos diferentes, se alejaron al mismo tiempo de lo que era normal para él.
Rebobinemos
Para entender por qué este caso importa, hay que volver en el tiempo y compararlo con su historial médico.
2018. Tras unas palpitaciones y un desmayo, los médicos descubren que su corazón tiene problemas: está agrandado, bombea algo menos de lo normal, dos válvulas pierden sangre y hay una cicatriz de un infarto que él nunca notó. Le tratan una arritmia y queda en seguimiento.
2022. Un control muestra que una de las válvulas, la mitral, empeoró.
Abril de 2024. Lo operan de una hernia y pasa seis semanas en reposo. Los relojes registran una baja en su actividad y su caminata, pero él se recupera y los números vuelven a su valor previo.
Otoño de 2024 (primavera para nosotros). Entre fines de septiembre y principios de diciembre, ocurre el cambio silencioso. Primero se modifica su respiración nocturna; en octubre, su pulso y su variabilidad cardíaca; después, su sueño profundo; en diciembre, su capacidad de caminar. Una cascada ordenada, señal tras señal.
31 de octubre de 2024. Consulta a su médico de cabecera por cansancio. Le anotan algo así como «fatiga, pero sigue entrenando en bici fija». El médico escucha un soplo y pide una ecografía cardíaca. Una semana después, el resultado: el corazón está muy dilatado y la válvula mitral, severamente dañada. Se agenda una cita con el cardiólogo.
Enero a marzo de 2025. Lejos de bajar el ritmo, él lo sube. En 79 días hace 69 sesiones de bici, más que en todo 2024, 24 días seguidos sin descanso. Su pulso durante el ejercicio supera con frecuencia el límite recomendado para su edad (128 latidos por minuto) y en la última sesión roza los 150.
21 de marzo de 2025. La última pedaleada. La cita con el cardiólogo estaba programada para once días después.
Toda la información estaba ahí. Repartida entre un reloj, un anillo, una bicicleta y tres sistemas distintos. Nadie la tenía junta. Nadie la estaba mirando.
La medicina de las fotos vs. la medicina de la película
La medicina tradicional trabaja con fotos. Un análisis una vez por año, una consulta cuando algo duele, una ecografía cada uno o dos años. Entre foto y foto, el médico no ve nada. Y el cuerpo sigue cambiando.
Los dispositivos que hoy usamos en la muñeca o en el dedo graban otra cosa: una película. Miden el pulso, el sueño, la respiración y la actividad todo el día, todos los días, durante años. El problema es que esa película casi nunca llega a la consulta.
Este caso muestra tres cambios posibles en la forma de cuidarnos:
1. De lo normal «para todos» a lo normal «para vos». Un pulso de 49 en reposo es excelente para cualquier manual. Pero para este hombre, cuyo pulso habitual era 44, era un cambio que merecía atención. Las tablas de valores de referencia comparan con el promedio de la población; tus propios datos te comparan con vos mismo.
2. De esperar el síntoma a anticipar el cambio. Consultó por cansancio en octubre. Pero sus dispositivos venían registrando el deterioro desde septiembre.
3. De consejos genéricos a indicaciones a medida. En la consulta de octubre, nadie miró esos pequeños cambios en cómo respondía su corazón al ejercicio. Su reloj sí lo sabía: superaba el límite recomendado una y otra vez. Ese dato podría haberse traducido en una indicación concreta: hasta acá es seguro; más allá, no.
¿Y la inteligencia artificial?
Ningún médico puede revisar a mano cinco años de datos diarios de cada paciente. Ahí es donde entran los algoritmos y la inteligencia artificial: pueden aprender cuál es tu línea de base, detectar cuándo varias señales se mueven a la vez y avisarle al médico sólo cuando vale la pena mirar.
El cambio de fondo, sin embargo, no es tecnológico sino de relación. La consulta deja de ser un encuentro aislado una vez por año y pasa a ser un acompañamiento continuo, donde el médico mira tu película completa y no solo la foto del día.
Lo que el reloj todavía no puede hacer
Si bien, esta tecnología es prometedora, tiene sus limitaciones. Los propios autores lo dicen claramente: este caso no demuestra que un reloj pueda predecir una muerte súbita.
- Es una sola persona, y los datos se analizaron después de su muerte, cuando ya se sabía qué buscar. Mirar hacia atrás siempre es más fácil.
- No hubo autopsia, así que no se sabe con certeza qué causó el paro.
- No sabemos cuántas falsas alarmas habría. Un sistema que avisa por cada noche de mal sueño o cada resfrío genera ansiedad, consultas innecesarias y, al final, que nadie le preste atención.
Para que esto se convierta en medicina de todos los días hacen falta estudios con miles de personas, reglas de alerta definidas de antemano y resultados comprobados.
Es importante resaltar que el reloj no reemplaza al médico. El dato solo sirve si alguien con criterio clínico lo interpreta junto con tu historia, tus estudios y tu vida. Un número sin contexto no es prevención; es ruido.
Esta historia representa una realidad que no está libre de controversias: una persona que se controlaba, hacía ejercicio, medía su cuerpo cada día. Lo que faltó no fue información, estudios o buenos hábitos. Faltó un sistema que uniera los puntos a tiempo.
Hoy, millones de personas llevan en la muñeca un registro de su salud más completo que el que tiene su médico. Sin embargo, la mayoría de esos datos nunca salen de su celular.
Tu cuerpo ya está contando su historia todos los días, ¿quién la está escuchando?
Fuente: Lautman Z, Gravellier L, Malik S, et al. «Longitudinal Changes in Wearable-Captured Physiology Before Sudden Cardiac Death». JACC: Case Reports, 2026. doi.org/10.1016/j.jaccas.2026.110397

